Ha pasado casi una década desde que la guionista y directora Andrea Arnold dirigió un largometraje dramático para el cine. Estuvo en Cannes por última vez en 2021 con Cow, un documental sobre la vida de una vaca lechera. Ahora, vuelve a la ficción con Bird, un coming-of-age que, de algún modo, quiere representar muchas de las vivencias de la niñez de la directora británica.
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Crítica
Andrea Arnold nos trae nuevamente una cinta que ahonda en las vidas de personas marginadas azotadas por la pobreza. Sin embargo, a mitad de la película, Bird se convierte en una fábula sobre la amistad y la madurez que roza lo onírico, ofreciendo una experiencia que cautiva por su maravillosa puesta en escena.
Desde Fish Tank (con la que comparte ciertos rasgos) hasta el interesantísimo viaje que supone American Honey, las películas de Andrea Arnold suelen retratar dramas sociales en escenarios sombríos y crudos, de los que emerge, metafóricamente, una belleza hipnótica. En Bird, todas estas características del cine de Arnold quedan patentes.
El reparto
Nykiya Adams lidera la película con uno de los mejores debuts de la temporada. La joven lleva sobre sus hombros gran parte de la carga dramática de la película, a pesar de su corta edad. Barry Keoghan, con el cuerpo cubierto de tatuajes, se reafirma como una de las estrellas jóvenes con más talento y proyección del panorama actual.
Franz Rogowski (Pasajes) también interpreta muy solemnemente su papel de Bird, un personaje misterioso que, de algún modo, representa el arco de la madurez de Bailey.
La búsqueda de la belleza en lugares amargos
La mirada bondadosa que Arnold y el director de fotografía Robbie Ryan (Pobres Criaturas, La Favorita) lanzan sobre los personajes y escenarios marginales es profundamente conmovedora. La película insiste en encontrar belleza en lugares tristes y amargos, y lo consigue indudablemente. Aunque la historia parece descarrilarse en algún momento durante el viaje, Arnold nos lleva de forma acertada entre el caos de las calles británicas y algunos momentos más reflexivos.
Y si bien algunos elementos pueden causar inquietud o indignación, Arnold nunca se entrega a la brutalidad, nunca critica ni abandona a sus entrañables personajes, incluso en las situaciones más espantosas.
A través de escenas largas, un trabajo de cámara fluido y actuaciones naturalistas, Arnold captura perfectamente el duro entorno que presenta esta historia.
En definitiva
Bird traza con gran acierto la delgada línea que a veces separa lo real de lo surrealista. Al igual que en sus películas anteriores, Arnold ofrece una visión realista y tangible, llevando al espectador por las sucias calles de un pequeño pueblo del Reino Unido mientras narra la madurez de su protagonista al ritmo de Coldplay, Blur o The Verve, en forma de fábula. Una experiencia cautivadora e imprescindible.
