Un reconocido profesor de cardiología es obligado a jubilarse, por lo que decide volver a su pueblo natal y ejercer de médico de cabecera como ya hizo su padre. Allí, pronto se encontrará con el rechazo y la hostilidad por parte de sus vecinos. Abatido, retomará su afición juvenil por la música y encontrará a través de ella un nuevo sentido a su vida. Con esta historia arranca El médico de Budapest, la nueva cinta de Istvan Szabo.
El médico de Budapest es un auto homenaje del cineasta
El director de 82 años Istvan Szabo es seguramente el director húngaro más aclamado y reconocido internacionalmente, y sin duda uno de los más prolíficos. Ha realizado más de 30 largometrajes en una carrera que abarca seis décadas. Su última creación: Zárójelentés, que llega con un año de retraso y bajo el título de El médico de Budapest a España, es un drama muy convencional con una duración de casi dos horas, muy eficaz pero quizás poco innovador. Nos encontramos varios matices que nos hacen mascar las auto referencias de su director. No es particularmente fácil para un autor reinventarse a sí mismo tan tarde en su carrera, pero Szabo mantiene la postura que le hizo ganar un Oscar a mejor película de habla no inglesa por Mephisto, su obra más reconocible.
El profesor Stephanus (Klaus Maria Brandauer) es un reconocido cardiólogo. Dirige un área en un hospital de Budapest y está felizmente casado. Ama su profesión, desempeñando sus funciones con la pasión de un artista. Esto se ilustra hábilmente en esa escena inicial (una muy buena manera de representar el a veces absurdo de los sueños), que resulta memorable. El compromiso de Stephanus con su profesión es inquebrantable (al igual que le sucede a Szabo). Tanto que regresa a su pueblo natal para trabajar como médico de cabecera y evitar la jubilación forzosa tras el cierre del hospital. Dejará atrás a su amada esposa y se mudará con su madre.
‘Todo ha cambiado, y en el fondo, todo sigue siendo igual’
La vida en el idílico pueblo, sin embargo, no es tan pacífica como esperaba Stephanus. Alguien rompe el cristal de su coche y le roba el GPS. El panadero local sufre una muerte trágica debido a sus problemas económicos. Los rumores y chismes se extienden como si un plató de Telecinco se tratase. Además surge un oponente, el inescrupuloso alcalde (András Stohl), que no pagará el equipamiento médico necesario y que quiere convertir el centro médico en un balneario, más bien una trampa para turistas. Stephanus es casi una deidad que representa lo bueno y lo sofisticado, el último bastión contra un pueblo que parece haber enfermado.
Brandauer (Memorias de África) es sin duda de lo mejor de esta cinta. Transmite un amplio registro de emociones con escasos movimientos faciales en una película con abundantes primeros planos. Es curioso además, ya que el actor austriaco habla a la perfección cuatro idiomas entre los cuales, como se deja claro con su actuación en esta película, no se encuentra el húngaro, o eso juraría, ya que en muchos momentos del metraje, me parecía que estuviera “doblado”. No se queda muy atrás el resto del elenco, donde todos los actores secundarios con sus respectivas actuaciones tienen mucha relevancia en lo que se nos quiere mostrar: Una profesora de música víctima de esa sociedad quasi clasista, un cura al que a todos nos encantaría tener en nuestra iglesia y una madre un tanto conservadora, pero madre a fin de cuentas.
Todos y todas están geniales. La música, a pesar de casi carecer de BSO, es uno de los puntos más importantes, y no deja de ser una de las protagonistas. En el fondo, siempre ha sido un salvoconducto para todos, ¿no?
El médico de Budapest toca muchas teclas
La lista de temas que trata El médico de Budapest es muy extensa: la inevitabilidad del cambio, la ética sociopolítica, el poder de lo “cotilleos”, los recortes a los que están acostumbrados los profesionales sanitarios… Quizás su mayor problema se convierta en la dificultad de muchos para empatizar con esta historia. Tiene dosis de humor y el guion está muy bien elaborado, pero es una película dirigida a un público muy específico. No olvidemos además que El médico de Budapest será uno de esos largometrajes que llegará a salas muy seleccionadas, algo que siempre ha sido habitual para cintas de este calibre.
En definitiva
El médico de Budapest es una película para ver despierto, de esas cintas que requieren una atención muy determinada para que pueda disfrutarse como realmente se merece. Un largometraje sincero, muy realista, a veces poético con algunos planos que la componen. Una crítica social muy clara y que quizás vaya más dirigida a una generación muy en concreto. Muy disfrutable si acabas por entrar en su propuesta, aunque quizás al principio cueste un poco.
